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lunes, 2 de julio de 2012

LECTURAS DE CATULO

CARMINA

51

A mis ojos es un dios, y pareciera
Ser mucho, si es posible, más que un dios
Aquel que está sentado enfrente tuyo
Y enfrente tuyo escucha y se fascina
Con tu manera de reír

Que es la mejor manera
De arrebatarme todos los sentidos
Y es que al mirarte, Lesbia, en esta boca
No queda un hilo de voz,

La lengua se me anuda,
Entre los miembros una tenue llama
Se derrama, los oídos me hacen ruido,
Se me nubla la visión.

Catulo, el ocio es malo.
El ocio te exalta y te impacienta.
El ocio en el pasado volteó reyes
Y hasta ciudades volteó.


2

Pajarillo, cosita de mi amada,
con quien juega, al que resguarda en el seno,
al que suele dar la yema del dedo
y le incita agudos picotazos:
cuando a mi deseo resplandeciente
 le place tornarse alegre y aliviarse
 de sus cuitas, para aplacar su ardor,
 ¡cuánto me gustaría, como hace ella,
 jugar contigo y desterrar las penas
 lejos de mi triste ánimo!
 Me es tan grato como a la niña el fruto
 dorado que soltó el ceñidor
 que tanto tiempo permaneció atado.



86

Muchos encuentran a Quintia hermosa;
para mí es blanca, alta y espigada.
Admito que posee cada uno de estos atractivos,
pero que todo eso sea ser hermosa, lo niego;
Lesbia sí que es hermosa, pues no solamente es la más hermosa en todo,
sino también es la única que robó todos los encantos a Venus.

87

Ninguna mujer puede decir que fue amada
como yo a ti, Lesbia, te amé.
Ningún pacto de amor fue mantenido
con la fidelidad con que mantuve el mío.
Tanto, Lesbia, mi alma has reducido
que no podría quererte aunque fueras buena,
ni dejar de desearte hagas lo que hagas.

109

Me prometes, vida mía, que este amor será feliz
y perpetuo entre nosotros.
Grandes dioses, haced que pueda prometer con verdad
y que lo diga sinceramente y de corazón,
para que toda nuestra vida podamos mantener
 ese sagrado lazo de cariño eterno

5

Vivamos, Lesbia mía, y amemos,
 y a las maledicencias de los viejos severos
démosles menos valor que a una peseta .
 Los astros pueden morir y volver;
 pero nosotros, una vez que muera nuestra breve luz,
 deberemos dormir una última noche perpetua.
 Dame mil besos, luego cien mil;
luego otros mil, luego otros cien mil;
luego hasta otros mil, luego cien mil.
Después, hechos ya muchísimos miles,
revolvámoslos, para que no lo sepamos nosotros,
ni ningún malvado pueda mirarnos con malos ojo,
cuando sepa cuántos besos nos dimos.

7
Me preguntas, cuántos besos tuyos,
Lesbia, me serían más que suficientes,
Cuan gran el número de arena de Libia
 yace en Cirene, de laserpicïo plena,
entre el oráculo del ardiente Júpiter
y el túmulo del anciano Bato;
 o cuantos astros, al callar la noche,
ven los amores ocultos de los hombres;
sólo esos besos satisfarán
a Catulo el loco más que suficientemente,
que ni contarlos podrán los curiosos
 ni con sus malas lenguas hechizarlos.

3
Llorad, tanto Gracias y Cupidillos, como todos los hombres más sensibles. El gorrioncito de mi niña ha muerto, el gorrioncito, joya de mi niña, a quien amaba más que a sus ojitos; pues de miel era y conocía, como la hija conoce a su madre, a su dueña; nunca se apartaba de su regazo,  sino que, saltando a su alrededor,  piaba constantemente para su ama. Y ahora hace un camino de tinieblas, hacia un lugar de retorno prohibido. Sed malditas, malas sombras del Orco, que fagocitáis todo lo precioso; me arrancasteis este gorrión tan lindo. ¡Oh, acción malévola!¡Oh, gorrión perdido! Ahora, por tu culpa, los ojitos hinchaditos de mi niña se encarnan.
85
Odio y amo. Por qué lo hago, me preguntas tal vez.
No sé, pero siento cómo se hace y me torturo.

71

Si a alguien, con razón, le ha sido una molestia el maldito macho cabrío de los sobacos,
O si a uno, merecidamente, un tardío mal de gota lo desgarra,
Ese rival tuyo, que se trabaja sin descanso a tu amor,
Milagrosamente ha obtenido de ti uno y otro mal.
Pues, cuantas veces jode, tantas castiga a ambos;
milagrosamente ha obtenido de ti uno y otro mal,
a ella la agobia con su olor y el muere de ataque de gota.


8

Pobre Catulo, deja de hacer el tonto,
Y lo que ves que ha muerto dalo ya por perdido.
En tiempos brillaron para ti soles radiantes,
Cuando acudías a donde te llevaba una muchacha
Por mçi amada como ninguna ya sería querida.
Entonces eran realidad goces sin cuento,
Que tú querías y que no rehusaba tu muchacha.
De veras que brillaron para ti soles radiantes:
Ahora ella ya no quiere: tú, ya sin control, no lo quieras tampoco
Ni la persigas en su huida, ni vivas desdichado,
Sino que como obstinado ánimo resiste, hazte duro.
Adiós, muchacha. Ya Catulo se ha endurecido,
Ya no te buscará ni solicitaré contra tu voluntad.
Pero tú sufrirás, cuando ya nadie te requiera.
¡Ay de ti, maldita! ¡Qué vida te espera!
¿Quién se te acercará ahora? ¿A quién parecerás hermosa?
¿A quién querrás ahora? ¿De quién irán que eres?
¿A quién vas a besar? ¿A quién le morderás los labiecitos?
Pero tú, Catulo, tenaz mantente duro.

11

Furio y Aurelio, compañeros de viaje de Catulo,
ya haya de penetrar hasta los lindes de la India,
donde la costa es batida por las olas de Oriente
                que a lo lejos retumban,

o hasta el país de los hircanos o los lánguidos árabes,
o los sagas o los partos armados de flechas,
o las llanuras que tiñe el Nilo
                de siete bocas,

o si ha de atravesar los altos Alpes
para ir a ver los trofeos del gran César,
el Rin de Galia y los salvajes britanos,
                los hombres más remotos,

si estáis dispuestos a afrontar todo esto,
cualquier cosa que la voluntad de los dioses me depare,
anunciad a mi amada estas pocas palabras
                nada buenas:

que viva y que le vaya bien con sus macarras,
esos trescientos que ella posee a la vez entre sus brazos,
sin querer a ninguno de verdad, pero quebrantándoles a todos
                sin cesar los ijares;

y que ya no piense, como antes, en mi amor
que por su culpa cayó como una flor
en la linde de un prado, cuando el arado
                la alcanzó al pasar.





LUCIO JUNIO BRUTO – LUCRECIA – DESTIERRO DE TARQUINIO

Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, libro I, cap. 56-60.

Traducción: José Antonio Villar Vidal, Ed. Gredos. Madrid 1997.

Cuando [Tarquinio] traía entre manos estos proyectos, fue visto un prodigio terrible: una serpiente se deslizó desde una columna de madera y provocó pánico y carreras en el palacio, y al propio rey más que sobrecogerle el ánimo de súbito terror, se lo llenó de angustiosa preocupación. Por eso, aunque para los prodigios públicos se recurría únicamente a los adivinos etruscos, aterrado por aquella visión que parecía referirse a su familia, decidió enviar a consultar al oráculo de Delfos, el más famoso del mundo. Y como no se atrevía a confiar a ningún otro la respuesta del oráculo, envió a sus dos hijos a Grecia por tierras entonces desconocidas y por mares aún más desconocidos.

Tito y Arrunte partieron; les fue adscrito como acompañante Lucio Junio Bruto, hijo de Tarquinia,hermana del rey, un joven de carácter muy distinto al que aparentaba. Éste, cuando supo que losciudadanos principales, y entre ellos su hermano, habían sido muertos por su tío materno,resolvió no dar al rey motivo de temor por su manera de ser, ni motivo de ambición por su fortuna, y basar su seguridad en ser despreciable, dado que la justicia no suponía una gran protección. Con toda intención, por consiguiente, se dedicó a parecer tonto, dejó que el rey dispusiera de su persona y de sus bienes, ni siquiera rechazó el sobrenombre de Bruto: encubierto bajo tal apelativo aquel libertador del pueblo romano, aquel valiente desconocido, aguardaba su hora. Fue a él a quien los Tarquinios llevaron a Delfos en aquella ocasión, más como diversión que como compañero; dicen que llevó como ofrenda a Apolo un bastón de oro envainado en un bastón de cornejo vaciado con este objeto, como símbolo con los rodeos de su propia personalidad.

Una vez en Delfos, después de cumplir el encargo de su padre, los jóvenes tuvieron deseos de averiguar en cuál de ellos recaería el trono de Roma. Dicen que de las profundidades de la gruta una voz respondió: «El poder supremo de Roma lo tendrá aquel de vosotros, jóvenes, que primero dé un beso a su madre.»
Los Tarquinios, para que Sexto, que había quedado en Roma, no se enterase del oráculo y quedase descartado del poder, conminan a que el hecho se mantenga rigurosamente en secreto; dejan al azar cuál de ellos al regresar a Roma daría primero un beso a su madre. Bruto, comprendiendo que las palabras píticas tenían otro sentido, simuló perder el equilibrio a consecuencia de un resbalón y rozó con sus labios la tierra, porque ésta, evidentemente, es la madre común del género humano. Después, regresaron a Roma, donde se estaba poniendo gran empeño en la preparación de una guerra contra los rútulos.

Ardea pertenecía a los rútulos, pueblo de riqueza pujante para el país y la época de que se trataba; y la causa de la guerra fue, precisamente, que el rey de Roma tenía el afán de enriquecerse él, arruinado por la magnificencia de las obras públicas, y de aplacar con el atractivo del botín los ánimos de la población, que además de estar en contra del rey por la soberbia de que daba muestras en todas sus otras cosas, estaba indignada por haber sido empleada tan largo tiempo por el rey en tareas de obreros y en trabajo de esclavos.

Se hizo una tentativa a ver si se podía tomar Ardea al primer asalto: como esto no dio resultado, se trató de reducir al enemigo sitiándolo y abriendo trincheras. En los cuarteles de asedio, como suele ocurrir en las operaciones bélicas prolongadas más que intensivas, los permisos se daban con bastante facilidad, más sin embargo a los oficiales que a la tropa; por lo que respecta a los jóvenes hijos del rey, mataban a veces el tiempo reuniéndose en festines y francachelas.

Un día en que estaban éstos bebiendo en la tienda de Sexto Tarquinio, en una cena en la que participaba también Tarquinio Colatino, hijo de Egerio, recayó la conversación sobre sus «esposas». Cada uno ponía por las nubes a la suya; enseguida se acalora la discusión y Colatino dice que no hay por qué seguir discutiendo, que en cuestión de horas se puede comprobar cuánto aventaja su Lucrecia a lasdemás: «Dado que somos jóvenes y fuertes, ¿por qué no montamos a caballo y vamos a cerciorarnos personalmente del comportamiento de nuestras mujeres? Que cada uno dé un valor definitivo a lo que vea con sus propios ojos ante la llegada inesperada del marido.» El vino los había encendido. «¡Vamos ya!», dicen todos; a galope tendido vuelan a Roma.

Llegan al empezar a oscurecer; continúan hasta llegar a Colacia, y allí encuentran a Lucrecia, no como a las nueras del rey, a las que habían visto entreteniendo el tiempo con sus amigas en un suntuoso banquete, sino trabajando la lana bien entrada la noche sentada en medio de su casa rodeada por sus esclavas también en vela. Lucrecia se llevó la palma en aquella lo disputa acerca de las mujeres. La llegada de su esposo y de los Tarquinios fue recibida con afabilidad. El marido ganador tiene la cortesía de invitar a los jóvenes príncipes. Entonces se apodera de Sexto Tarquinio el deseo funesto de poseer por la fuerza a Lucrecia, seducido por su belleza unida a su recato ejemplar. Por fin, después de una noche de entretenimientos propios de la juventud, regresan al campamento.

Pasados algunos días, Sexto Tarquinio, a espaldas de Colatino, vuelve a Colacia con un solo acompañante. Ajenos a sus propósitos, lo recibieron atentamente; después de la cena fue conducido al aposento de los huéspedes. Encendido por la pasión, cuando le pareció que en torno suyo todo estaba tranquilo y que todos estaban dormidos, desenvainó la espada, se acercó a Lucrecia, que estaba dormida, y apretando el pecho con la mano izquierda le dice: «Silencio, Lucrecia ; soy Sexto Tarquinio; estoy empuñando la espada; si das una voz, te mato.» Al despertar despavorida la mujer, se vio sin ayuda alguna y al borde de   una muerte inminente; entretanto, Tarquinio le confesaba su amor, suplicaba, alternaba amenazas y súplicas, trataba por todos los medios de doblegar la voluntad de la mujer. Al verla firme y sin ceder ni siquiera ante el miedo a morir, acentúa su miedo con la amenaza del deshonor: le dice que junto a su cadáver colocará el de un esclavo degollado y desnudo, para que se diga que ha sido muerta endegradante adulterio. El miedo a tal deshonor doblegó aquella virtud inquebrantable y Tarquinio, como si hubiese sido la pasión la que había salido triunfante, se marchó orgulloso de haber arrebatado el honor a una mujer.

Lucrecia, abatida por tan tremenda desdicha, envía a un mismo mensajero a su padre a Roma y a su marido a Ardea a decirles que vengan cada uno con un amigo de su confianza, que es preciso actuar inmediatamente, que ha ocurrido algo horrible. Espurio Lucrecio acude con Publio Valerio, hijo de Voleso, y Colatino con Lucio Junio Bruto, con el que casualmente volvía a Roma cuando encontró al emisario de su mujer. Encuentran a Lucrecia sentada en su aposento, sumida en  el
abatimiento. Al llegar los suyos, rompió a llorar y, al preguntarle su esposo: «¿Estás bien?», contestó: «No. ¿Cómo puede estar bien una mujer que ha perdido el honor? Colatino, hay huellas de otro hombre en tu lecho; ahora bien, únicamente mi cuerpo ha sido violado, mi voluntad es inocente; mi muerte te dará fe de ello. Pero dadme la diestra y la palabra de que el culpable no quedará sin castigo. Es Sexto Tarquinio el que, comportándose como un enemigo en lugar de como un huésped, la pasada noche vino aquí a robar, armado y por la fuerza, un placer funesto para mí, y para él si vosotros sois hombres.»

Todos dan su palabra, uno tras otro; tratan de mitigar su interno dolor responsabilizando de la culpa al autor del atropello, y no a la que se ha visto forzada: que es la voluntad la que comete falta, no el cuerpo, y no hay culpa donde no ha habido intencionalidad. «Vosotros veréis — responde— cuál es su merecido; por mi parte, aunque me absuelvo de culpa, no me eximo de castigo; en adelante ninguna mujer deshonrada tomará a Lucrecia como ejemplo para seguir con vida.» Se clavó en el corazón un cuchillo que tenía oculto entre sus ropas, y doblándose sobre su herida se desplomó moribunda, entre los gritos de su marido y de su padre. Bruto, mientras ellos están entregados a su dolor, extrae el cuchillo de la herida de Lucrecia y sosteniéndolo en alto goteando sangre, dice: «Por esta sangre tan casta antes del ultraje del hijo del rey, juro, y os pongo a vosotros, dioses, por testigos, que yo perseguiré a Lucio Tarquinio el Soberbio, a su criminal esposa y a toda su descendencia a sangre y fuego y con todos los medios que en adelante estén en mi mano, y no consentiré que ellos ni ningún otro reinen en Roma.» Acto seguido, entrega el cuchillo a Colatino, después a Lucrecio y a Valerio, estupefactos ante lo extraordinario de un comportamiento que revela unas cualidades inesperadas en el alma de Bruto. Juran como se les había pedido; se transforma por completo en ira su dolor, y siguen como jefe a Bruto que los concita a empezar desde ese instante la liquidación de la realeza. Sacan de la casa el cadáver de Lucrecia  y lo llevan al foro, y la natural sorpresa ante el inesperado acontecimiento
y la indignación amotinan a la gente. Uno por uno reprueban la criminal violencia del hijo  del rey. Hace mella en ellos, por una parte, el desconsuelo del padre y, por otra, Bruto, que recrimina los llantos y lamentaciones inútiles y propone tomar las armas, como corresponde a verdaderos hombres, a verdaderos romanos, contra quienes se han atrevido a actuar como enemigos. Los jóvenes más decididos se presentan espontáneamente, armados; los sigue, igualmente, el resto de la juventud. Le dejan al padre una guarnición, montan vigilancia para que nadie pueda llevar a la familia real la noticia del levantamiento, y los demás con sus armas marchan a Roma, con Bruto a la cabeza.

Al llegar allí, por donde pasa aquella multitud armada siembra el pánico y la confusión; después, al ver que marcha en cabeza lo más relevante de la ciudadanía, piensan que, sea lo que sea, obedecerá a una razón. No es menor en Roma la conmoción que provoca aquel crimen horrible que la que había provocado en Colacia; por eso, desde todos los rincones de la ciudad se acude corriendo al foro. Cuando fueron llegando allí, un pregonero convocó al pueblo ante el tribuno de los céleres, magistratura que precisamente desempeñaba entonces Bruto. Pronunció allí un discurso que nada tenía que ver con los sentimientos y el carácter que hasta aquel día había aparentado; habló de la pasión brutal de Sexto Tarquinio, de la execrable violación de Lucrecia y de su lastimosa muerte, de la soledad de Tricipitino, para el cual más indignante y deplorable que la muerte de su hija era la causa de esa muerte.

Habló, después, de la soberbia del propio rey, y de las miserias y trabajos de la plebe, inmersa en fosas y vaciado de cloacas: ¡los hombres de Roma, vencedores de todos los pueblos del entorno, se habían convertido de guerreros en obreros y picapedreros! Rememoró la afrentosa muerte del rey Servio Tulio y la impiedad de la hija, que lanzó su carro sobre el cadáver de su padre, e invocó a los dioses vengadores de los padres. Recordando estos hechos y supongo que otros más atroces que sugiere la indignación en el momento de su mayor intensidad, cuyo relato en detalle no es fácil para el historiador, impulsó a la enardecida multitud a quitar el poder al rey y mandar al exilio a Lucio Tarquinio, a su mujer y a sus hijos. Bruto, una vez alistados y armados los más jóvenes de los que se presentaban voluntarios, marchó inmediatamente al campamento de Ardea a sublevar al ejército contra el rey; deja el mando de Roma a Lucrecio, nombrado con anterioridad prefecto de la ciudad por el rey. En medio de aquel revuelo, Tulia huyó del palacio y, a su paso, hombres y mujeres la maldecían e invocaban a las furias vengadoras de los padres. Recibida en el campamento la noticia de estos acontecimientos, el rey, alarmado por la revuelta, marchó a Roma a reprimir la sublevación; Bruto, que se había apercibido de su venida, dio un rodeo para no encontrarse con él y, casi al mismo tiempo, por caminos diferentes, llegaron Bruto a Ardea y Tarquinio a Roma. A Tarquinio se le cerraron las puertas y se le notificó el destierro; al libertador de Roma lo recibieron con alborozo en el campamento, y los hijos del rey fueron expulsados. Dos de ellos siguieron a su padre al destierro a Cere, en Etruria; Sexto Tarquinio, que se marchó a Gabios como quien se dirige a su propio reino, fue muerto en venganza por los antiguos odios que él mismo había suscitado contra su persona con sus asesinatos y rapiñas. Lucio Tarquinio el Soberbio reinó veinticinco años. La monarquía duró en Roma, desde la fundación de la ciudad hasta su liberación, doscientos cuarenta y cuatro años. A continuación se nombraron dos cónsules en los  comicios por centurias convocados por el   prefecto de la ciudad de
acuerdo con las normas de Servio Tulio: Lucio Junio Bruto y Lucio Tarquinio Colatino.


Preguntas sobre el texto

1.       ¿ Por qué Tarquinio tiene que hacer una consulta a Delfos e no acude a los adivinos etruscos?

2.       ¿Quién foi el acompañante de los hijos del rey a Delfos? Describe la personalidade de este hombre y a qué era debida su prudencia?

3.       ¿Cuál fue la respuesta del oráculo y cómo se hizo realidad?

4.       Describe el cassus belli de la guerra contra Ardea.

5.       Quién y cuándo discutenpor el comportamiento de sus mujeres? ¿Qué decisión toman para acabar con la discusión?

6.       ¿Cuál fue el resultado de la investigación? Qué efectos porvoca en el hijo del rey?

7.       ¿Cómoconsigue Sexto sus propósitos frente a la oposición de Lucrecia?

8.       ¿Cuál fue la reacción de Lucrecia después de estos hechos?

9.       ¿Quién fue el líder de la revuelta contra los Tarquinios y cuáles sus planes más inmediatos?

10.    ¿Qué argumentos usó en su discurso ante el pueblo de Roma?

11.    ¿Cómo acaba esta historia para los Tarquinuis y para Bruto? ¿Qué nuevo período se abre en la historia de Roma?






Tac.Agr. 29-32. Discurso de Calgaco

[29] A principios del verano Agrícola se vio afectado por una tragedia familiar: perdió un hijo que había nacido el año anterior. Él no afrontó su desgracia de forma que exhibiera su fortaleza como muchos otros, ni tampoco tuvo la debilidad de llorar desesperadamente; incluso en su duelo, la guerra formaba parte de los remedios. Así pues, envió por delante la escuadra a que realizara saqueos intensivos por lugares varios para agudizar la sensación de incertidumbre y terror; y, con un ejército ligero, al que había agregado un cuerpo de Britanos, de entre los más duros, puestos a prueba durante una larga paz, llegó hasta el monte Graupio, que el enemigo ya había ocupado. Y es que los Britanos no se habían dividido por el resultado de la batalla anterior, sino que atendían a la venganza o a la esclavitud; en última instancia, se daban cuenta de que un peligro común sólo podían rechazarlo mediante la unidad, y habían reunido fuerzas de todas las ciudades mediante legaciones y pactos. Ya se podían ver más de treinta mil hombres armados, y en aquella dirección afluía toda clase de jóvenes y aún ancianos con energía y vigor, ilustres veteranos que lucían cada uno sus condecoraciones. Entonces, se dice que un general, que destacaba entre todos por su valor y su linaje, Calgaco de nombre, habló de esta manera ante una apretada multitud que exigía combate:

[30] "Cuantas veces reflexiono sobre las causas de esta guerra y sobre cuál será la actitud de los dioses para con nosotros, me siento bien seguro de que vuestra unión el día de hoy será el principio de la libertad para toda la Britania: pues habéis avanzado juntos y además no habéis estado nunca sometidos; por otra parte, no nos queda ya tierra más allá, ni siquiera el mar nos ofrece seguridad con el acecho de la flota romana. Es así que, el combate, que los hombres valerosos consideran cuestión de honor, incluso para los cobardes resulta la salida más segura. Las batallas anteriores que se han sostenido contra los romanos con fortuna variada, dejaban en nuestras manos la esperanza de estar a salvo, porque, al ser el pueblo de mayor raigambre en Britania toda, y vivír en nuestras reservas sin vista alguna a las costas sometidas, no  llegábamos a imaginar siquiera una invasión. En el último baluarte de la libertad, la propia distancia y las incógnitas sobre nuestra fama nos han defendido hasta hoy, que todo lo desconocido se magnifica. Pero ahora Britania queda completamente al descubierto: ni un pueblo más allá, nada salvo olas sobre los acantilados y una amenaza peor, los Romanos, de cuya prepotencia no vamos a librarnos con una rendición digna. Depredadores que son de la tierra, cuando ya lo han devastado todo y les falta tierra, miran al mar: avaros, si el enemigo es rico, y rastreros, si pobre, no se han saciado con Oriente ni Occidente: sólo ellos ansían con igual tesón riquezas y miseria. Al expolio, la matanza y el saqueo los llaman por mal nombre hegemonía, y allá donde crean un desierto, dicen que hay paz.

[31] Por naturaleza, cada uno quiere a sus hijos y a su familia más que a nada: pues los reclutan y se los llevan a cualquier parte; nuestras esposas, nuestras hermanas, incluso si han escapado a las bajas pasiones del enemigo, son mancilladas en nombre de la amistad y de la hospitalidad. Bienes y fortunas a modo de tributo, campos y cosechas para su abastecimiento, las personas como mano de obra para franquear bosques y pantanos, todo lo esquilman entre violencias y ultrajes. Los esclavos de nacimiento se venden una vez, y aún son alimentados por sus amos: Britania compra cada día su servidumbre, la mantiene a diario. E, igual que en una familia el último de los esclavos sufre abusos de sus propios camaradas, en un mundo así a nosotros nos buscan para renovar el servicio y, baratos que somos, para exterminarnos; y es que ya no nos quedan campos, ni minas, ni puertos para cuya explotación nos guarden. Por otra parte, a los invasores no les gusta el valor y el orgullo de las gentes: la distancia y la independencia, cuanto más seguras parezcan, más desconfianza provocan. Pues no hay esperanza de benignidad, tomad fuerzas, según queráis, para sobrevivir o para alcanzar la gloria. Los Brigantes, al mando de una mujer, incendiaron una colonia, expugnaron un campamento, y, si la dicha no se hubiera convertido en desidia, habrían podido liberarse del yugo: nosotros vamos a avanzar juntos e invictos por la libertad, y no nos arrepentiremos de ello: mostremos al primer ataque qué clase de hombres se había guardado Caledonia en reserva.

[32] “¿Creéis que a los romanos les asiste el mismo valor en guerra, que molicie en la paz? Ellos se crecen con nuestras discrepancias y desacuerdos, y vuelven los fallos del enemigo en gloria para su ejército. Un ejército que, a partir de pueblos muy diversos, se mantiene tan compacto en situaciones favorables, como se disgrega en las adversas: excepto si pensáis que los Galos y los Germanos y, da vergüenza decirlo, no pocos Britanos, aunque entregan su sangre a la dominación ajena, ellos que han sido más tiempo enemigos que siervos, se mantienen fieles por simpatía. Miedo, terror, son vínculos poco firmes de afinidad. Si se remueven, quienes han dejado de temer, empezarán a odiar. Todos los estímulos para la victoria están de nuestra parte: no hay esposas que animen a los romanos, ni padres que vayan a reprochar su fuga; la mayor parte son apátridas o su patria es otra. Los dioses nos los han entregado, poco numerosos, temblando de ignorancia, mirando a su alrededor incluso un cielo y un mar, unos bosques, que desconocen por completo, prisioneros en cierto modo y encadenados. No os asuste su aspecto vano, el fulgor de oros  y platas, que ni cubren ni hieren. Entre las filas del enemigo descubriremos tropas a nuestro favor: los Britanos reconocerán su causa, los Galos recordarán la libertad perdida, y los Germanos desertarán igual que hace poco abandonaron los Usipos. Por lo demás, nada que temer: recintos vacios, colonias de ancianos, municipios empobrecidos y en desacuerdo entre los que se someten a desgana y los que imponen su poder. Aquí hay un general, aquí un ejército. Allí tributos, trabajos forzados y los demás castigos de esclavos: soportarlos para siempre o, sin más dilación, vengarse depende de este campo. Así que al entrar en combate pensad en los que os han antecedido y en los que os seguirán.

 [33] Recibieron el discurso con vehemencia, al estilo de los bárbaros, entre bramidos, cantos y voces desacordes. Y ya se iniciaba el avance y refulgían las armas con el impulso de los más audaces. Entonces Agrícola, aunque el ejército estaba animado y apenas le retenía la línea de defensa, aún así creyó oportuno enardecerlo, y habló de esta manera: ‘Va para siete años, camaradas, desde que tomasteis Britania, por iniciativa y decisión del gobierno de Roma, y gracias a vuestra firmeza y a vuestro esfuerzo. Nos ha costado tantas expediciones, tantos combates, fortaleza contra el enemigo, resistencia y coraje incluso contra la propia naturaleza del entorno! y ni yo me he avergonzado de mis soldados ni vosotros de vuestro jefe. Hemos superado los límites: yo, los de legados anteriores; vosotros, los de los ejércitos precedentes; conocemos a fondo Britania, no por los rumores de la fama, sino con nuestras armas y nuestras posiciones: Britania está descubierta y sometida. Es cierto que a veces durante la marcha, cansados de pantanos, montes y ríos, podía escuchar la voz de los más decididos: ¿Cuándo va a entregarse el enemigo, cuándo caerá en nuestro poder? Pues aquí están, han salido de sus escondites, y decisión y valor están a descubierto; los vencedores lo tendrán todo de su parte y en contra los vencidos. Pues haber superado jornadas tan intensas, haber superado bosques, cruzado estuarios en nuestro avance, nos honra y nos distingue, pero si vamos en retirada, sería muy peligroso todo lo que hoy nos favorece en extremo. Por otra parte, no conocemos el lugar como ellos, ni disponemos de igual facilidad de avituallamiento, pero estamos armados y eso es lo esencial. Por lo que a mí respecta, he ordenado que no se preste apoyo a la retirada de tropas ni jefes. Así pues, no sólo es mejor una muerte honesta que vivir en el escarnio, sino que supervivencia y honra van juntas; además no deja de ser motivo de gloria haber caído en los mismos confines del mundo”.

[34] “Si se tratara de nuevos pueblos, de formas imprevistas de combate, yo os exhortaría a recordar otros ejércitos: pero en esta situación, mejor rememorad vuestras medallas, contad con vuestra experiencia. Éstos son quienes el año pasado atacaron por sorpresa sólo una vuestras legiones y les derrotasteis con vuestras voces; éstos son los más huidizos de los Britanos y por ello precisamente han sobrevivido tanto tiempo. Igual que al penetrar en bosques y desfiladeros los animales más fuertes os han atacado, pero los asustadizos y los débiles huían sólo con el ruido de vuestro avanzar, así los más bravíos de los Britanos ya han caído antes, queda el resto de los incapaces y los cobardes. Si por fin os los habéis encontrado, no es que se hayan plantado ante vosotros, sino que los habéis sorprendido; las últimas novedades y su miedo extremo han paralizado sus filas sobre sus propias huellas, donde vais a conseguir una hermosa y previsible victoria. Acabad ya con las expediciones, sellad cinco décadas con un gran día, probad a la república que nunca se ha podido imputar al ejército ni las demoras en la guerra ni los motivos de las rebeliones.’

[35] Incluso mientras Agrícola hablaba, el ardor de los soldados era incontenible y al final de su discurso le siguió una inmensa alegría y enseguida corrieron a las armas. Dispuso a sus aguerridas y dispuestas tropas de tal manera que la infantería auxiliar, compuesta por ocho mil soldados, reforzara el centro del ejército, mientras que desplegó a los tres mil jinetes en las alas. Las legiones se situaron ante la empalizada, pues sería enorme el honor de la victoria si se conseguía sin derramar sangre romana, y actuarían de reserva si rechazaban los auxiliares. La formación de los britanos estaba ubicada en los lugares más altos para presentar mejor aspecto y al mismo tiempo causar terror, de tal manera que las primeras unidades estaban desplegadas en la llanura y el resto les seguía detrás en la ladera de una colina, como si se fueran levantando; entre ambos ejércitos, unos carros llenaban el espacio con sus carreras y su estruendo. Entonces Agrícola, que se temía que la gran cantidad de enemigos los superara en los flancos, para que no los rodearan, estiró las líneas a pesar de que estas serían más delgadas y la mayoría le recomendaba que debía llamar a las legiones. Él mantenía sus esperanzas y se mostraba firme ante el peligro, por lo que se bajó del caballo y tomó su lugar a pie entre las tropas.
[36] Los primeros combates se efectuaban a distancia y entonces los britanos, tanto con resistencia como con su habilidad con sus enormes espadas y sus rodelas, evitaban o paraban nuestros proyectiles, mientras que ellos arrojaban una gran cantidad, hasta que Agrícola animó a dos cohortes de batavos y dos de tungros a decidir el asunto cuerpo a cuerpo con sus espadas, una forma de combatir en la que estas tropas veteranas estaban entrenadas pero que a los enemigos, armados con sus grandes espadas y sus rodeles, les resultaba incómoda, pues las espadas de los britanos, que carecen de punta, no permiten la lucha en formación cerrada ni cuerpo a cuerpo. Así pues, cuando los batavos empezaron a intercambiar golpes con los enemigos, a herirlos con sus escudos, a desfigurarles las caras y a empujar hacia las colinas a quienes se habían desplegado en el llano, las otras cohortes se lanzaron también a matar con todas sus fuerzas a los enemigos más cercanos para superar a los batavos y dejaban atrás a muchos medio muertos o incluso indemnes en su afán de vencer. Entretanto, las unidades de caballería, como los carros se habían dado a la fuga, se mezclaron entre los combates de infantería y, aunque eran un nuevo motivo de terror para los enemigos, la densidad de sus formaciones y la irregularidad del terreno les hizo mantener la posición. El combate parecía muy desequilibrado para los nuestros, puesto que incluso mientras se esforzaban por ascender a duras penas la ladera se veían empujados por los cuerpos de los caballos y muchas veces algún carro, que erraba con los caballos desbocados y sin control, en la dirección que el pánico los llevaba, cruzaba nuestras formaciones o chocaba contra ellas.
[37] Y los britanos que se habían situado en la cima de la colina y, como todavía no habían entrado en combate, despreciaban en su vanidad nuestro pequeño número de tropas, empezaron a bajar poco a poco de sus posiciones y habrían rodeado por la retaguardia a nuestros victoriosos soldados si Agrícola, que se temía este movimiento, no hubiera lanzado en su contra cuatro alas de caballería que guardaba como reserva táctica: los dispersaron y pusieron en fuga con tanta agresividad como ferocidad habían mostrado aquellos en su ataque. De esta manera el plan de los britanos se volvió en su contra, pues por orden del general la caballería se alejó del frente enemigo y lo atacó por la espalda. Entonces en llanura se podía ver una escena especialmente dantesca: nuestros soldados perseguían, herían y capturaban a los enemigos para matarlos más tarde en cuanto capturaban a otros: en ese momento, los enemigos actuaban cada uno según su carácter: algunos, armados, se daban a la fuga frente a unos pocos enemigos, mientras que otros, desarmados, se arrojaban contra el enemigo y se entregaban a su muerte. Por todas partes se veían armas, cuerpos, extremidades cortadas y la tierra ensangrentada. A veces, incluso los ya derrotados daban muestras de rabia e incluso de valor, pues una vez que los nuestros se acercaron a los bosques, los enemigos se agruparon y, gracias a su conocimiento del terreno, rodeaban a los primeros de los nuestros que llegaron en su persecución y sin las debidas precauciones. Nuestros soldados entonces habrían recibido algún castigo por su excesiva confianza si Agrícola, que estaba siempre en todas partes, no hubiera ordenado que batieran el bosque, como unos cazadores, a unas cohortes de reserva y con armamento ligero y a una parte de la caballería, sin sus monturas donde el bosque era más espeso y montada donde era más abierto. Por lo demás, los britanos, cuando vieron que nuestro ejército los perseguía manteniendo de nuevo la formación, volvieron a darse a la fuga, pero no en grupos como antes ni mirándose los unos a los otros, sino que ahora cada uno se marchaba por separado y sin buscar a los otros, buscando un refugio lejano e inaccesible. El final de la persecución lo marcó la noche y el hartazgo de nuestras tropas: habían muerto cerca de diez mil enemigos y trescientos sesenta de los nuestros, entre ellos Aulo Ático, prefecto de una cohorte, al cual su juvenil ardor y la fiereza de su caballo lo llevaron al medio de un grupo de enemigos.

[38] Y la noche llenó ciertamente de alegría a los vencedores felices con el saqueo: los Britanos vagaban, el llanto de hombres y mujeres se mezclaba, arrastraban a sus heridos, llamaban por los indemnes, abandonaban sus casas y hasta las incendiaban por ira, buscaban un escondite y enseguida lo dejaban; tan pronto tomaban una decisión conjunta, como se separaban; a veces se quebraban ante la vista de los suyos, a veces se exasperaban. Había constancia de que algunos hombres se habían ensañado con sus mujeres e hijos, tal vez porque se apiadaban de ellos. El día siguiente descubrió mejor el rostro de la victoria: un vasto silencio por doquier, los puntos altos abandonados, techos humeantes a lo lejos, nadie al paso de nuestros pelotones de reconocimiento.